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bei Villanueva de la Serena, Extremadura (España)

Fecha: 01 de septiembre de 2013
Distancia: 60 kms.
Ruta: Castillo de Medellín

Crónica de la ruta.

Reunión de tréboles habitual junto a la estación, siempre superando la veintena, con más rotaciones que el Barça de este año. Minutos de espera y salida sin el Sr. de los Anillos, entre otras ausencias destacadas, a quien nos lo encontramos en el polígono Cagancha, pues las sábanas le habían impedido una pronta incorporación al grupo.


Dirección Don Benito, un psssssssssssssssssssss enorme nos recibe al par de kilómetros. Mi rueda trasera y una piedra tuvieron un encuentro imborrable. No sé la de pinchazos que llevo en el último mes, después de varios sin un amago de pinche güey. Fue el pinchazo profético o premonitorio de la jornada, cuando supuestamente la salida del domingo anterior iba a ser la jodida, según versión lobezna. Una vez resuelto el entuerto y ante la parada del gran grupo, retomamos la migración. Una enorme zanja sirve de caudal al arroyo del Campo, con un puente inconcluso que nos servirá para vadear tan animado riachuelo, sobre todo en invierno. Un aliciente menos.

Llegados a Calabazonia dejamos rotonda a nuestra derecha, pues hemos cedido la vuelta al ruedo para los toreros y a la altura del Centro de Salud, una bocanada de pestilencia nos recibe para darnos la malvenida. ¡Joé, que no todos somos de Villanueva en el grupo! Seguimos hacia Las Cruces, a buen ritmo, sin dislates, hasta desviarnos por el camino de la derecha que nos dirigirá hacia el eucaliptal. Antes, Pacorretales, me avisa que lleva floja la rueda delantera y nos detenemos a insuflarla más aire. Tirando palante, nos hemos pasado el camino habitual, pero no es problema para retomar otro que con la pendiente constante nos lleva a los eucaliptos. Ocasión ésta, aprovechada por Huan Solo, que se marcha él consigo mismo, hasta coronar el altillo. Se ve con fuerzas y ahí va como un toro salido de los callejones de Santo Domingo.

El tramo entre los eucaliptos nos somete a una sombra reparadora, con más tramo de subida y uno final de bajada con cuidadín. Seguimos la ruta por anchos caminos con un sol de justicia, derritiendo las barritas energéticas olvidadas en los bolsillos traseros de nuestros impolutos –hasta entonces- maillots. Pasamos de tal forma por Mengabril, patria chica del Caballito, no sin antes encontrarnos con un grupo de ciclistas asfálticos que con admiración espetaron: ¡Joé, cuántos son éstos! Entre campos de maizales llegamos a Medellín, atravesando la plaza del Ayuntamiento y buscando el empedrado serpenteante que inicia la subida a la fortaleza. Como había overbooking, teníamos que esperar en el paso de la cadena de hierro junto a la iglesia y de ahí poco a poco comernos el desnivel hasta la puerta del castillo, donde recibimos parada y fonda.

Tras un descansillo y aglomerados en la sombra reparadora, las caras son de satisfacción por contemplar el espectáculo visual que se desenvuelve a nuestros pies: el Guadiana, las vegas o el teatro romano. El grupo se regenera con la inclusión de nuevos tréboles: Raúl “El Saltarín” o yougurín, por ser el más joven de la camada, Antonio “Etxe-Hombre”, savia nueva y solidaria para el grupo o Jose “El Pegatas”, más savia nueva para insuflar a la peña mejor rollo. Pero antes de bajar, Juan III se percata de una rajada en su rueda, que pierde más aire que radiactividad Fukuyima. Así que esperamos.
Nos esperan los cansinos caminos de vuelta, sobre todo uno que erosionan las fuerzas de más de uno y que lo afronto con brío para salir cuanto antes de la pesadilla. De ahí vamos buscando la vereda junto al río. Entremedio nos encontramos un sacavón, del tamaño de un zeppelín, consecuencia del arrastre de las lluvias de esta primavera, lo que hace que pongamos el pie a tierra para sortear este tramo. Reagrupamos en Consyber, y nuestros Micromachine y Sioux inician su vuelta a Calabazonia. Nosotros a Seronilandia.

El paso es alegre y la media sube progresivamente, aunque no nos vemos con hora para refrescarnos los gaznates. Algunos tirarán hacia la parada cervecera y otros, por la Vía Verde, para casa. Antes Carlosbiker, al cobijo de un arbolillo tuvo que resolver el pinchazo que le había tocado. Después Darth Biker, le tocará el suyo, pero 200 metros después, le volverá a pasar lo mismo. Tal era la desesperación que le dejamos tirado con su burra y se apresuró a cubrir la última distancia a pie, a pesar de la insistencia por ayudarle en su desgracia.

Fin de ruta y pinchazos a gogó. Medellín es desgaste, desgaste y desgaste. 60 kms. de llaneo, pero que pasan factura a nuestras extremidades inferiores.

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